Cae la tarde y veo la puesta de sol desde mi ventana. Mi
gata también la mira, los anaranjados del horizonte y el vuelo de las
golondrinas la tienen absorta contemplando el espectáculo. Progresivamente el
canto de los pájaros se va atenuando, al
igual que la luz y su postura. Ella no necesita nada más, mi gata no necesita
escapar de nada, vive en su cuerpino peludo y suave cada instante de su vida.
Pasa por estados de actividad e inactividad en un profundo equilibrio corporal y
emocional. En ocasiones se pone tierna, me busca para que la acaricie y pueda ronronear.
Amasa mi barriga un rato, me maúlla, me mira, me huele y al poco se va. Vive el
presente y hace lo que le surge en cada momento. No planea, no piensa, no elucubra,
es y está presente. Fluye. No necesita escapar. No come para escapar. No lee para
escapar. No ve Netflix ni entretiene su mente. No se monta películas de amor ni
de terror. A veces corretea por el pasillo y juega conmigo a esconderse.
Naturalmente vuelve al descanso y disfruta de las vistas en el balcón. No necesita estar con nadie para escapar del vacío. No necesita del enamoramiento ni del
deseo para evadirse. Le gusta la compañía sin invasión. Mi gata te busca y se
retira a tiempo. No se engancha ni se apega. Sabe estar y estarse. Me mira y me
intuye, siempre a cierta distancia. No necesita que la entretengan. No
tiene miedo de aburrirse, de sentirse ni cuestionarse. No se oculta a sí misma.
No escapa. Yo escapo. Yo huyo. Yo me entretengo. Quiero ser como Lilith.
Mostrando entradas con la etiqueta emociones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emociones. Mostrar todas las entradas
miércoles, 23 de junio de 2021
Lilith
sábado, 3 de febrero de 2018
El monocromático
Tengo una pena dentro, está así como al fondo, detrás de la
alegría, el aburrimiento y el desencanto. Las penas suelen ser así, pequeñitas
pero matonas, al menos las mías. Yo soy más bien de la alegría, me honra con su
presencia bastante a menudo y soy su fiel defensora además de su aduladora. Las
penas las guardo un poco más adentro, su problema es que no les doy mucho protagonismo
aunque tengan bastante peso. La alegría es ligera, suave, etérea, en cambio la
pena es pesada y sólida. Para pasarla a estado gaseoso hay que rumiarla
bastante. El precio de la pena es que si no la localizas, se va expandiendo por
tus sentires así cual acuarela gris. Va tocando todos los colores, quitándoles
brillo y resplandor. La pena se va comiendo la fuerza y puede llegar a destruir
tu paleta. En un abrir y cerrar de ojos, has pasado a la tonalidad monocromática. Yo
quiero vivir la vida a colores, cada día el que me toque. Desde el negro al
amarillo, el rojo y el violeta. Hoy tendré que concentrarme en el negro para
dejarlo salir, sin complejos, llorar lo que pudo ser y no fue. La vida está
llena de posibilidades y e imposibles. La alegría va de celebraciones y la pena
de ausencias, partidas y expectativas rotas. La pena también me conecta conmigo
misma, con mis vulnerabilidades, con esa parte blandita y elástica de mí misma.
Cuánto más siento mi pena más consistencia me doy y mas gaseoso el negro. La
pena fiel amiga para cerrar puertas para siempre y darte fuerzas para abrir otras. La pena necesita de
quietud y silencio, recogimiento y canal hacia dentro. Hay que estar concentrada
para abrir el canal y que tus lágrimas vayan limpiando la zona y ablandando la
masa. Hoy estoy con mi pena, que se va convirtiendo en penita. De negro charol
va pasando a gris marengo. Hoy que tengo tiempo y tranquilidad la quiero sentir. Pudo ser y no fue. No nos
queda otra. La vida es así. Hoy penita te pongo un altar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

