Cae la tarde y veo la puesta de sol desde mi ventana. Mi
gata también la mira, los anaranjados del horizonte y el vuelo de las
golondrinas la tienen absorta contemplando el espectáculo. Progresivamente el
canto de los pájaros se va atenuando, al
igual que la luz y su postura. Ella no necesita nada más, mi gata no necesita
escapar de nada, vive en su cuerpino peludo y suave cada instante de su vida.
Pasa por estados de actividad e inactividad en un profundo equilibrio corporal y
emocional. En ocasiones se pone tierna, me busca para que la acaricie y pueda ronronear.
Amasa mi barriga un rato, me maúlla, me mira, me huele y al poco se va. Vive el
presente y hace lo que le surge en cada momento. No planea, no piensa, no elucubra,
es y está presente. Fluye. No necesita escapar. No come para escapar. No lee para
escapar. No ve Netflix ni entretiene su mente. No se monta películas de amor ni
de terror. A veces corretea por el pasillo y juega conmigo a esconderse.
Naturalmente vuelve al descanso y disfruta de las vistas en el balcón. No necesita estar con nadie para escapar del vacío. No necesita del enamoramiento ni del
deseo para evadirse. Le gusta la compañía sin invasión. Mi gata te busca y se
retira a tiempo. No se engancha ni se apega. Sabe estar y estarse. Me mira y me
intuye, siempre a cierta distancia. No necesita que la entretengan. No
tiene miedo de aburrirse, de sentirse ni cuestionarse. No se oculta a sí misma.
No escapa. Yo escapo. Yo huyo. Yo me entretengo. Quiero ser como Lilith.
miércoles, 23 de junio de 2021
Lilith
lunes, 15 de octubre de 2018
El secreto
Soy Mario, tengo 8 años, casi
9 porque los cumplo dentro de dos meses, el 21 de abril. A veces me da miedo ir
al cole. Bueno, en realidad ya no me da miedo, ahora me gusta ir, quiero decir
que antes me daba miedo. No sé a quién contarle mi historia, es un poco rara, así
que he pensado que la voy a escribir aquí en este cuaderno que me regaló mi tía
Susana el día de mi comunión, la voy a guardar y este verano, cuando vayamos a
Mazagón con los primos, sin que me vean, la voy a meter en una botella y la voy
a lanzar al mar. Así nadie sabrá quién la ha escrito y quien la lea seguro que
no conoce mi letra.
A mí me encantaría encontrarme una botella en la playa con
un mensaje dentro, la leería y la guardaría para siempre en la caja de los
tesoros, sería el mejor, junto con la pipa del abuelo, claro. Nadie sabe que la
tengo yo, la cogí cuando se le cayó del bolsillo camino de la ambulancia, yo la
recogí, le apreté la mano para dársela pero el abuelo me agarró tan fuerte que
ya no se la quise soltar más. Luego se la llevé un día al hospital pero no se
la quería dar delante de mi madre, ella se pone muy pesada con eso de que no
fume. Al final no se la pude devolver nunca más y me la he quedado yo, es
genial porque cuando abro la caja huele como cuando el abuelo se metía en
el baño a fumar y me río un rato.
A mí me gusta tener secretos, sobre todo de
esos que no se puede enterar mi madre, a ella las aventuras no le gustan,
siempre teme que me pase algo a mí, a mi hermanas, a mi padre y antes al
abuelo. Es como la guardiana de la familia pero en plan aburrido, con ella todo
es siempre igual y casi no se ríe nunca, bueno sí, cuando vamos al teatro
infantil los domingos por la mañana. Por eso nunca le he contado lo del cole,
no quiero que se preocupe ni se lo cuente a mi padre porque yo con mi padre no
hablo mucho, con quien mejor me llevo es con mi tío Antonio, cuando vamos de
paseo siempre me lleva a hombros y también hacemos el molinillo, nos agarramos
fuerte de los brazos, juntamos las piernas y damos vueltas y vueltas hasta que
casi nos caemos, me parto de risa. Mi tío Antonio tiene pecas como yo, pero a
él le quedan mejor porque es más alto, y además dice que soy su sobrino
favorito, me lo dice siempre despacito y al oído. A mi tío también le encantan
los secretos, eso creo que lo he sacado de él. A mí me gustaría contarle el
mío, pero me da miedo que se impresione y no quiera hacer más el molinillo.
Total que escribo mi historia aquí y para que alguien la encuentre en un puerto
lejano, un marinero que viva en un barco y viaje por todo el mundo por ejemplo.
Eso estaría guay.
En mi cole hay dos niños,
Jose y David que también van a mi clase, antes se sentaban detrás, porque se
apellidan Velasco y Zúñiga, pero la tutora los cambió delante, porque siempre
estaban montando el lío en clase, sobre todo con la de inglés, que es un poco
sosa, uno lo puso en mi fila y a Zúñiga que tiene gafas y no ve
bien en la primera fila. Así acabé al lado de Jose y detrás de David. Al
principio bien, pero cuando se ponen a hablar estoy yo siempre en medio y un
día Maribel, la tutora, les dijo que se callaran porque me podían molestar. A
mí cae muy bien Maribel, es muy simpática y casi siempre está de buen humor y
no quiero que me regañe ni nada de eso, además me gusta cómo me sonríe cuando
ve que estoy atento a todo lo que dice. Yo soy buen estudiante y saco buenas
notas, no me cuesta mucho y mis padres se ponen muy contentos, ese día nos
vamos en familia a tomar helados a la plaza, antes venía también el abuelo, su
helado favorito es el de ron con pasas pero yo no lo puedo pedir por lo del
ron.
Eso que dijo la profe de que
me podían molestar no les sentó muy bien a Jose y a David, dicen que soy el
mimado de Maribel y a la salida del cole me esperaron en la puerta y me siguieron un rato a casa. Me iban llamando
pecoso, niñato y empollón de mierda. A mí me entró un poco de miedo y salí a
correr, no paré hasta que llegué a casa. Al día siguiente, en clase, me dijeron
que si se las cargaban otra vez por mi culpa, me iba a enterar y entre dientes
seguían con lo de pecoso y empollón. Cuando sonaba el timbre, salía corriendo
el primero y no paraba hasta llegar a casa. Después empezaron con lo de
gallinita clueca y tenían razón porque estaba asustado todo el día hasta que llegaba a casa.
Un día Maribel me llamó al
final de clase y me preguntó si me pasaba algo, que estaba muy serio en clase y
que ya no levantaba la mano. Yo disimulé y le dije que es que estaba más
cansado y un poco triste por lo de mi abuelo, Maribel me dio un abrazo tan
largo que casi me echo a llorar, ya no sé si por lo de Zúñiga y Velasco o
porque me acordé del olor de la pipa.
El caso es que ese día fue
el peor, como salí más tarde ya me estaban esperando, que si pelota, empollón,
yo me puse a dar codazos para poder pasar, le di a Zúñiga y se le cayeron las
gafas. Eché a correr pero esta vez oía sus pasos muy cerca , apreté el ritmo
todo lo que pude, el corazón me iba a mil por hora y sentía miedo de verdad. Entonces
me acordé de aquella historia que me había contado Maribel en clase, a ella le
gusta contarnos cuentos para terminar el cole, hubo una que me gustó mucho,
casi se me cae una lagrimita y todo, la del
niño agobiado al que le salieron alas porque quería volar libre; también me
acordé de mi abuelo, de su pipa, de la ambulancia, de su mano agarrando la mía,
de las pecas de mi tío Antonio y con todo eso salté. Salté con todas mis fuerzas y conseguí elevarme,
moví los brazos que se me ensancharon, el pecho me creció y los dedos se me
alargaron y así moviéndome, como en la piscina me mantuve en el aire. Me daba
la brisa en la cara y me sentía ligero y feliz, miré hacia abajo y vi a Zúñiga
como me buscaba, seguía corriendo pero no me localizaba. Así estuve un rato,
qué pequeño se ve todo desde arriba, cuántos colores, brillos y qué feas son las terrazas de los edificios. Cuando todo se
quedó despejado fui planeando despacito
hasta el suelo y con precaución de que no me viera nadie aterricé en el
parque al lado de mi casa. Ese día regresé a casa por primera vez sonriendo y
le di un beso enorme a mi madre.
Desde entonces muchas noches
sueño que vuelo, me siento ligero y disfruto viendo montañas, ríos y valles
verdes. Ya no le tengo miedo a David y Jose porque sé que tengo superpoderes.
No los he vuelto a utilizar porque no me ha hecho falta, al día siguiente les
miré y les dije que al próximo insulto les rompo las gafas de verdad y le
cuento a la sosa de inglés y a Maribel toda la verdad.
Ahora va lo importante de
esta carta, necesito encontrar más personas con superpoderes como yo, así podemos montar un club. Si has encontrado
esta carta en la botella y tienes algún
superpoder o sabes de alguien que lo tenga, por favor llama a este número
679005361 y pregunta por Mario. Es el número de mi madre, a mi no me dejan
tener móvil, ella seguro que te hace un interrogatorio, pero lo importante es
que no le digas nada ni de la carta, ni de la botella ni de los superpoderes, solo
dile que eres un amigo del cole, este será también nuestro secreto.
martes, 17 de julio de 2018
Blanco
A Isabel Peláez Cáceres, por
esos veranos de luz, amor y color.
Todos conocemos ese olor
característico de los hospitales. ¿A que lo puedes oler ahora mismo? Ese olor a
químico que parece que se te mete por la nariz y se te agarra en las entrañas,
que te recuerda la fragilidad de la vida humana, lo fuerte y lo débiles que
somos todos. ¿Quién no ha pasado de visita por esos pasillos blancos y se ha
preguntado cuándo me tocará a mí? o ¿cuándo me tocará volver? Dicen que el
olfato está directamente relacionado con la memoria, con las emociones y todos
sabemos que es verdad, porque lo hemos vivido alguna vez. Yo misma me recuerdo
yendo de perfumería en perfumería buscando esa fragancia que usaba aquel novio
a quien tanto quise. Lo buscaba, lo olía y mientras aspiraba, mi cuerpo se
sacudía recordando su presencia. Los olores no pasan por el cerebro, te
conectan con las vísceras, con tu cuerpo y no hay manera de escabullirse.
Ahora me toca venir al
hospital cada día, aparco el coche y entro en este edificio enorme y lleno de
ventanas. Desde lejos, según me voy acercando parece una colmena de abejas, a
veces veo personas asomadas y me pregunto si serán visitas, familiares o
propios enfermos que se entretienen viendo la vida pasar. Enfermos que están
angustiados o preocupados, o quizás otros, que simplemente quieren distraerse
pues saben que su estancia será corta y un puro trámite. Luego están los
enfermos que entran y ya no salen nunca más. Mi visita diaria encaja en este
último grupo de enfermos, enfermos que sabes que ya sólo vivirán entre estas
paredes, enfermos que esperan que se apague su vela y tú estás allí para
acompañarles.
Como cada día entro en el
edificio, reconozco el olor, se me tensa la barriga y me dirijo hacia las
escaleras. Yo las prefiero porque no me gustan los ascensores, y menos los de
hospital, no me fio de esas máquinas que parece que un día se van a volver
locas, no te van a dejar salir y así te puedes pasar el resto de tu vida, yendo
de una planta a otra. Para evitar riesgos innecesarios, voy andando, subo los
tramos de escalera hasta la tercera planta, miro las máquinas expendedoras y a
la gente sentada en los bancos charlando, esperando. El hospital es un sitio de
espera, de esperas eternas y noches sin tregua, noches de silencios y gritos y
timbres y pasos acelerados. Mientras voy pensando todo esto, llego a mi planta,
tuerzo a la derecha y me encamino hacia el pasillo que me corresponde. Voy
pasando por las puertas entre abiertas y vislumbrando la gente en las diferentes habitaciones,
algunos conversan animados, otros por el contrario están en silencio o viendo
la tele. ¿Quién cuando camina por un pasillo de hospital no mira dentro de las
habitaciones?
Llego a la habitación, la
puerta está cerrada, pero no del todo, como casi todas. Noto la punzada de
miedo, me detengo unos segundos para llenarme de aire y agarro la fuerza necesaria
para empujar esa puerta y enfrentarme a
lo que hay detrás.
La habitación es toda blanca
con algunos detalles en verde, me imagino que no quieren sobrecargar este espacio donde la vida se vuelve tan
intensa. En los hospitales se nos sobrecogen los sentidos de tanto sentir, de tanto
olor, de tanto que ver, de tanto que oír, de tanto que tocar y besar.
Mi abuela está echada en la
cama, tiene varios goteros puestos y lo más notable es el ruido que hace la
máquina del oxígeno al respirar. Ella está dormida y tiene la cara relajada.
Eso me tranquiliza a mí también. Cojo la silla y la coloco al lado de su cama,
quiero que note mi presencia, que se sienta acompañada aunque esté dormida. Miro
su rostro menudo, sonríe plácida aunque cada día está más pálida y ojerosa.
Noto como su cuerpo se va deteriorando pero su alma sigue libre y juguetona,
por eso sonríe, cada vez pasa más tiempo allá, que acá, su alma vive entre esta
vida y la otra, en una transición progresiva y armoniosa. Le ha perdido el
miedo a la muerte porque ya está en ello.
Miro su mano pequeña, tiene
los huesos torcidos y de color grisáceo, está llena de moratones, se la cojo
despacio y siento su calor todavía. Mi abuela siempre ha sido una mujer
enérgica y vital. De joven le gustaba mucho ir al baile, como ella me contaba,
aunque luego no bailaba mucho, la que mejor lo hacía de su familia era su
hermana Antonia, que siempre fue la reina y tenía muchos pretendientes. A ella
le sacaban poco porque no cogía bien los ritmos y no se sentía cómoda. Ella era más bien cantarina y de reírse mucho,
cantaba en cada ocasión familiar, no porque lo hiciera bien, sino para crear
buen ambiente. De pequeña siempre la recuerdo con la zambomba y la pandereta,
eran épocas en las que las navidades eran más celebraciones que compromisos. En
estos últimos años hemos cantado mucho juntas, desde coplas hasta villancicos,
cuando la comunicación se tornó compleja aprendimos a conectarnos a través de
la alegría, la alegría de cantar, aunque sea María de la O.
- Abuela, los momentos más felices de mi
infancia los viví contigo, le digo suavemente. Muchas gracias por todo, te voy
a recordar siempre.
Mi abuela ha sido pescadera,
ha tenido suerte y ha podido trabajar. Mi abuelo tenía una empresa y un día
hubo una baja laboral repentina, así que ella aprovechó y se ofreció a hacer la
suplencia. Ese día vendió más pescado que nadie y a mi abuelo, visto el filón, no le quedó otra que ponerle una pescadería
para ella sola. Eso le cambió la vida, ya tenía acceso al cajón del dinero, del
dinero que ella misma ganaba, pero entregaba cada final de jornada.
Todos los años compraba una bucheta, como ella decía, la bucheta de las vacaciones, la rellenábamos
durante el año y la rompíamos justo antes del verano. Pasábamos parte de las
vacaciones con ella, en la casa de la playa que mi abuelo compró para disfrutar
con sus nietos. ¡Y vaya si disfrutábamos! Aquello era lo más parecido a un paraíso
infantil, recuerdo perfectamente aquella nevera llena de batidos de chocolate,
fresa, vainilla, donuts, panteras rosas y tigretones. Aquel paraíso donde siempre
teníamos permiso, sobre todo permiso para disfrutar y ser felices.
Miro la habitación y cada
vez se va tornando más blanca, entra el sol por las rendijas y la estancia
parece más iluminada, todo se va poniendo más blanco. Ya no noto el olor y
siento el ambiente más ligero. Compruebo que mi abuela sigue con la media
sonrisa aunque su labios están resecos. Me quedo en silencio mientras pienso si
sus padres y sus dos hijos ya fallecidos estarán por aquí ayudando en esta
dulce transición, si la estarán esperando al otro lado. Los budistas piensan
que la gente se muere como vive. Mi abuela siempre ha sido una mujer valiente
que ha vivido la vida como ha querido.
Desde el pasillo van
llegando murmullos de voces conocidas, la puerta se abre y comienzan a entrar sus
hijos y otros familiares, algunos con las caras tensas y casi todos con ojeras.
Ya estamos todos, como a ella le gustaba, yo aprovecho un segundo entre unos y
otros, le beso y le digo al oído:
- Abuela, yo quiero ser valiente
como tú.
lunes, 7 de mayo de 2018
Mis hijos no nacidos
El día de las madres es claramente un día necesario, precioso
y lleno de reconocimiento y gratitud hacia el amor incondicional de una madre, un
día en el que se celebra y reconoce esa labor infinita y amorosa sin la cual la
vida simplemente no existiría, no hay nada más grande, si lo pensamos bien y
más necesario de homenaje y gratitud. Ayer yo me sentía feliz por mi madre y mi
hermana, que también ha sido madre recientemente, pero tenía algo dentro que me
situaba en un plano muy vulnerable. Me sobrevino poco a poco, así sin darme
mucha cuenta, yo no tengo hijos, y me siento bien con esa idea, es decir, me
reconozco como mujer que puede tener una vida plena y creativa sin pasar por la
maternidad. No he tenido hijos, pero he vivido dos abortos, ambos embarazos no fueron
planificados, pero sí bien recibidos y ninguno de los dos pasó de la sexta
semana, aunque en el primer caso no me enteré hasta la pasados los dos meses. En
ambos casos me ha tocado elaborar un duelo, el duelo de lo que pudo ser y no
fue, el duelo de romper con las expectativas, el duelo de sentirte embarazada y
con las mismas dejar de estarlo. Yo no tengo problemas con no ser madre, pero
todavía me sigue entristeciendo sentir que algo con vida dejó de tenerla dentro
de mí. Ayer celebré el día de las madres pero algo en mi interior se puso de
luto, mi cuerpo se puso blandito y vulnerable y lo peor es que yo no me di ni cuenta. Ayer
me pasé el día felicitando a otras madres y yo no me hice ni caso. Nadie lo
hizo. Normal, al final no soy madre. No pertenezco a ese grupo. Y en realidad
tampoco ansío serlo. Es raro todo. Mi cuerpo siente cosas que la mente no llega,
al final el cuerpo es el más listo y me habla de reconocer a esas mujeres que
sí han estado alguna vez embarazadas. ¿A ese grupo dónde le colocamos? ¿Dónde le
damos el espacio que puedan necesitar? Yo quiero poder brindar por las madres y
por esa parte de mí que fugazmente lo fue. Quiero brindar por los hijos que no
tuve y por todos esos hijos no nacidos pero que se quedaron en alguna parte de nuestros
cuerpos femeninos. Que nos habitaron y se fueron. Que nos enseñaron sobre la
renuncia y la gracia de estar vivos y vivas. ¡Brindemos!
sábado, 3 de febrero de 2018
El monocromático
Tengo una pena dentro, está así como al fondo, detrás de la
alegría, el aburrimiento y el desencanto. Las penas suelen ser así, pequeñitas
pero matonas, al menos las mías. Yo soy más bien de la alegría, me honra con su
presencia bastante a menudo y soy su fiel defensora además de su aduladora. Las
penas las guardo un poco más adentro, su problema es que no les doy mucho protagonismo
aunque tengan bastante peso. La alegría es ligera, suave, etérea, en cambio la
pena es pesada y sólida. Para pasarla a estado gaseoso hay que rumiarla
bastante. El precio de la pena es que si no la localizas, se va expandiendo por
tus sentires así cual acuarela gris. Va tocando todos los colores, quitándoles
brillo y resplandor. La pena se va comiendo la fuerza y puede llegar a destruir
tu paleta. En un abrir y cerrar de ojos, has pasado a la tonalidad monocromática. Yo
quiero vivir la vida a colores, cada día el que me toque. Desde el negro al
amarillo, el rojo y el violeta. Hoy tendré que concentrarme en el negro para
dejarlo salir, sin complejos, llorar lo que pudo ser y no fue. La vida está
llena de posibilidades y e imposibles. La alegría va de celebraciones y la pena
de ausencias, partidas y expectativas rotas. La pena también me conecta conmigo
misma, con mis vulnerabilidades, con esa parte blandita y elástica de mí misma.
Cuánto más siento mi pena más consistencia me doy y mas gaseoso el negro. La
pena fiel amiga para cerrar puertas para siempre y darte fuerzas para abrir otras. La pena necesita de
quietud y silencio, recogimiento y canal hacia dentro. Hay que estar concentrada
para abrir el canal y que tus lágrimas vayan limpiando la zona y ablandando la
masa. Hoy estoy con mi pena, que se va convirtiendo en penita. De negro charol
va pasando a gris marengo. Hoy que tengo tiempo y tranquilidad la quiero sentir. Pudo ser y no fue. No nos
queda otra. La vida es así. Hoy penita te pongo un altar.
domingo, 12 de enero de 2014
De la angustia del amar y el amor
Estar conectada al amor es lo que necesito para luchar contra la angustia que me produce el mismo amar. No sé como explicarlo pero yo me entiendo. En la raíz de la angustia se encuentra el antídoto. Amar me produce en ocasiones mucha dicha y también desasosiego, estar profundamente vinculada a personas me fortalece y debilita al mismo tiempo, me fortalece porque me siento reconfortada, acompañaba, sentida y respetada... pero también me provoca cierta angustia interna. La dicha del amor me viene unida a un sentimiento pegajoso, un dolor sordo y a veces desesperado. Esa es la palabra, desesperado. Quizás andaba desesperada desde hace mucho tiempo pero por alguna razón el amor ha hecho que el sentimiento se despliegue cual abanico incontrolado. El amor me ha conectado con la angustia propia del vivir y me ha dejado desnuda y sin salida. Se acabaron los juegos, la ensoñaciones, refugiarse en los anhelos, la expectativas, los sueños. Mis sueños se cumplieron y ya no me quedan refugios. Mejor no engañarse más, mejor mirar a la bestia a los ojos y quedarse quieta.
domingo, 26 de febrero de 2012
Caer
La vida nos sostiene, solo hay que dejarse acunar. Permitir que nos lleve por su rumbo, sus camino, sus curvas y sus cuestas. Dejar que nos cuide y nos enseñe, nos mime y nos quiera.
Tan fácil y tan difícil, tan fácil porque no requiere esfuerzo sino todo lo contrario, abandono y confianza. Tan difícil porque queremos ser dioses y dirigir nuestro destino, dirigirlo desde el miedo, la ignorancia, la visión parcial, los caprichos, los ombligos y las carencias. Luchamos, peleamos y sufrimos al aferrarnos. Nos aferramos a eso que pensamos que nos salva, pero quizás tanta fuerza no sea necesaria. A veces nos da más miedo el vacío que la lucha, la lucha parece dar sentido a todo, luchamos contra nosotros y así no salimos del círculo ni avanzamos a ningún sitio.
La vida nos sostiene, sólo hay que dejarse mecer, cuidar y mimar. Tan fácil y tan difícil. En el vacío sólo estás tú, esperándote, con los brazos abiertos y el corazón lleno, dejemos de huir... dejémonos caer...
Tan fácil y tan difícil, tan fácil porque no requiere esfuerzo sino todo lo contrario, abandono y confianza. Tan difícil porque queremos ser dioses y dirigir nuestro destino, dirigirlo desde el miedo, la ignorancia, la visión parcial, los caprichos, los ombligos y las carencias. Luchamos, peleamos y sufrimos al aferrarnos. Nos aferramos a eso que pensamos que nos salva, pero quizás tanta fuerza no sea necesaria. A veces nos da más miedo el vacío que la lucha, la lucha parece dar sentido a todo, luchamos contra nosotros y así no salimos del círculo ni avanzamos a ningún sitio.
La vida nos sostiene, sólo hay que dejarse mecer, cuidar y mimar. Tan fácil y tan difícil. En el vacío sólo estás tú, esperándote, con los brazos abiertos y el corazón lleno, dejemos de huir... dejémonos caer...
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