domingo, 12 de diciembre de 2021

La sombra, tu sombra, mi sombra. La nuestra.

 


La sombra existe. No mirarla no la anula. Ojalá, no la veo no la tengo. Sólo queremos silenciarla, sedarla para que no se nos desboque, en muchos casos ignorándola para parecer señores y señoras bien educados, bien hablados y bien trabajados. Veo mi sombra  como una masa compacta de color oscuro que habita mi pecho, entre las costillas, los pulmones y alrededor del corazón. La noto ahí, va y viene. Se hace la escurridiza o la encontrdiza según le viene en gana. Aprendí a dosificármela en llantitos solitarios, colmando vasos gotita a gotita, conteniendo desparrames y todo desarrollando una técnica exquisita de control emocional. Unas lagrimitas por aquí, unas rabias por allá,  algunos rencores apenas percibidos en lugares recónditos. Bueno, el rencor no es bueno, no lo tengas, olvídalo, hay que ser buenas y buenos. 

La bondad y la sombra parecen contradictorias. Parece que los buenos deseos aniquilarán las negruras de nuestros corazones, pero en realidad es una excusa como otra cualquiera para reprimir, para contarnos historias de amor romántico en vez de asumirnos algo carentes y muy necesitados.

Como a menudo he vivido en extremos, desde la desconexión de la sombra hasta  sentirme invadida e inundada por ella, he decidido no evitar este amplio catálogo de malestares. Venid  para acá. Mirar la sombra, como quien mira a una bestia parda que tiene en casa en contra de su voluntad. Vaya! Me tocó la bestia. Menudo marrón. A ver ahora qué hago ahora con ella. A mí me enseñaron a esconder la sombra detrás del éxito, la belleza, la normalidad, en esa falsa apariencia de que todo va bien. Conteniéndola. La decencia y el buen hacer. El miedo, la ausencia, la falta de comprensión, la injusticia, la violencia, el desamor,  todo eso va por debajo de la ropa, de la sonrisa, del maquillaje y la peluquería. Disimulamos. Ese gran arte del quedar bien, esa falsa seguridad del control. 

Decido vivir con mi niña herida, con la caprichosa también, quiero ser sincera, ya no quiero sentirme mejor de lo que soy ni parecerlo. No es justo, ni para mí ni para el mundo. Todo esto no me invalida como mujer alegre, serena, ni invalida mi disfrute de la vida, que es mucho. Una vez leí que cuánta más sombra exploras más placer te permites. ¿Será realmente inversamente proporcional? Solo quiero dar lugar, reconocer, ampliar, matizar los claros con los oscuros para hacerme más verdad. Me necesito así, me quiero así. Anímense, abran la compuerta.💗😊

miércoles, 23 de junio de 2021

Lilith

 


Cae la tarde y veo la puesta de sol desde mi ventana. Mi gata también la mira, los anaranjados del horizonte y el vuelo de las golondrinas la tienen absorta contemplando el espectáculo. Progresivamente el canto de los pájaros se va atenuando, al igual que la luz y su postura. Ella no necesita nada más, mi gata no necesita escapar de nada, vive en su cuerpino peludo y suave cada instante de su vida. Pasa por estados de actividad e inactividad en un profundo equilibrio corporal y emocional. En ocasiones se pone tierna, me busca para que la acaricie y pueda ronronear. Amasa mi barriga un rato, me maúlla, me mira, me huele y al poco se va. Vive el presente y hace lo que le surge en cada momento. No planea, no piensa, no elucubra, es y está presente. Fluye. No necesita escapar. No come para escapar. No lee para escapar. No ve Netflix ni entretiene su mente. No se monta películas de amor ni de terror. A veces corretea por el pasillo y juega conmigo a esconderse. Naturalmente vuelve al descanso y disfruta de las vistas en el balcón. No necesita estar con nadie para escapar del vacío. No necesita del enamoramiento ni del deseo para evadirse. Le gusta la compañía sin invasión. Mi gata te busca y se retira a tiempo. No se engancha ni se apega. Sabe estar y estarse. Me mira y me intuye, siempre a cierta distancia. No necesita que la entretengan. No tiene miedo de aburrirse, de sentirse ni cuestionarse. No se oculta a sí misma. No escapa. Yo escapo. Yo huyo. Yo me entretengo. Quiero ser como Lilith. 


lunes, 15 de octubre de 2018

El secreto






Soy Mario, tengo 8 años, casi 9 porque los cumplo dentro de dos meses, el 21 de abril. A veces me da miedo ir al cole. Bueno, en realidad ya no me da miedo, ahora me gusta ir, quiero decir que antes me daba miedo. No sé a quién contarle mi historia, es un poco rara, así que he pensado que la voy a escribir aquí en este cuaderno que me regaló mi tía Susana el día de mi comunión, la voy a guardar y este verano, cuando vayamos a Mazagón con los primos, sin que me vean, la voy a meter en una botella y la voy a lanzar al mar. Así nadie sabrá quién la ha escrito y quien la lea seguro que no conoce mi letra. 

A mí me encantaría encontrarme una botella en la playa con un mensaje dentro, la leería y la guardaría para siempre en la caja de los tesoros, sería el mejor, junto con la pipa del abuelo, claro. Nadie sabe que la tengo yo, la cogí cuando se le cayó del bolsillo camino de la ambulancia, yo la recogí, le apreté la mano para dársela pero el abuelo me agarró tan fuerte que ya no se la quise soltar más. Luego se la llevé un día al hospital pero no se la quería dar delante de mi madre, ella se pone muy pesada con eso de que no fume. Al final no se la pude devolver nunca más y me la he quedado yo, es genial porque cuando abro la caja huele como cuando el abuelo se metía en el  baño a fumar y me río un rato.

 A mí me gusta tener secretos, sobre todo de esos que no se puede enterar mi madre, a ella las aventuras no le gustan, siempre teme que me pase algo a mí, a mi hermanas, a mi padre y antes al abuelo. Es como la guardiana de la familia pero en plan aburrido, con ella todo es siempre igual y casi no se ríe nunca, bueno sí, cuando vamos al teatro infantil los domingos por la mañana. Por eso nunca le he contado lo del cole, no quiero que se preocupe ni se lo cuente a mi padre porque yo con mi padre no hablo mucho, con quien mejor me llevo es con mi tío Antonio, cuando vamos de paseo siempre me lleva a hombros y también hacemos el molinillo, nos agarramos fuerte de los brazos, juntamos las piernas y damos vueltas y vueltas hasta que casi nos caemos, me parto de risa. Mi tío Antonio tiene pecas como yo, pero a él le quedan mejor porque es más alto, y además dice que soy su sobrino favorito, me lo dice siempre despacito y al oído. A mi tío también le encantan los secretos, eso creo que lo he sacado de él. A mí me gustaría contarle el mío, pero me da miedo que se impresione y no quiera hacer más el molinillo. Total que escribo mi historia aquí y para que alguien la encuentre en un puerto lejano, un marinero que viva en un barco y viaje por todo el mundo por ejemplo. Eso estaría guay.

En mi cole hay dos niños, Jose y David que también van a mi clase, antes se sentaban detrás, porque se apellidan Velasco y Zúñiga, pero la tutora los cambió delante, porque siempre estaban montando el lío en clase, sobre todo con la de inglés, que es un poco sosa,  uno lo puso en  mi fila y a Zúñiga que tiene gafas y no ve bien en la primera fila. Así acabé al lado de Jose y detrás de David. Al principio bien, pero cuando se ponen a hablar estoy yo siempre en medio y un día Maribel, la tutora, les dijo que se callaran porque me podían molestar. A mí cae muy bien Maribel, es muy simpática y casi siempre está de buen humor y no quiero que me regañe ni nada de eso, además me gusta cómo me sonríe cuando ve que estoy atento a todo lo que dice. Yo soy buen estudiante y saco buenas notas, no me cuesta mucho y mis padres se ponen muy contentos, ese día nos vamos en familia a tomar helados a la plaza, antes venía también el abuelo, su helado favorito es el de ron con pasas pero yo no lo puedo pedir por lo del ron.

Eso que dijo la profe de que me podían molestar no les sentó muy bien a Jose y a David, dicen que soy el mimado de Maribel y a la salida del cole me esperaron en la puerta  y me siguieron un rato a casa. Me iban llamando pecoso, niñato y empollón de mierda. A mí me entró un poco de miedo y salí a correr, no paré hasta que llegué a casa. Al día siguiente, en clase, me dijeron que si se las cargaban otra vez por mi culpa, me iba a enterar y entre dientes seguían con lo de pecoso y empollón. Cuando sonaba el timbre, salía corriendo el primero y no paraba hasta llegar a casa. Después empezaron con lo de gallinita clueca y tenían razón porque estaba asustado todo el día hasta que llegaba a casa.

Un día Maribel me llamó al final de clase y me preguntó si me pasaba algo, que estaba muy serio en clase y que ya no levantaba la mano. Yo disimulé y le dije que es que estaba más cansado y un poco triste por lo de mi abuelo, Maribel me dio un abrazo tan largo que casi me echo a llorar, ya no sé si por lo de Zúñiga y Velasco o porque me acordé del olor de la pipa.

El caso es que ese día fue el peor, como salí más tarde ya me estaban esperando, que si pelota, empollón, yo me puse a dar codazos para poder pasar, le di a Zúñiga y se le cayeron las gafas. Eché a correr pero esta vez oía sus pasos muy cerca , apreté el ritmo todo lo que pude, el corazón me iba a mil por hora y sentía miedo de verdad. Entonces me acordé de aquella historia que me había contado Maribel en clase, a ella le gusta contarnos cuentos para terminar el cole, hubo una que me gustó mucho, casi se me cae una lagrimita y todo,  la del niño agobiado al que le salieron alas porque quería volar libre; también me acordé de mi abuelo, de su pipa, de la ambulancia, de su mano agarrando la mía, de las pecas de mi tío Antonio y con todo eso salté. Salté  con todas mis fuerzas y conseguí elevarme, moví los brazos que se me ensancharon, el pecho me creció y los dedos se me alargaron y así moviéndome, como en la piscina me mantuve en el aire. Me daba la brisa en la cara y me sentía ligero y feliz, miré hacia abajo y vi a Zúñiga como me buscaba, seguía corriendo pero no me localizaba. Así estuve un rato, qué pequeño se ve todo desde arriba, cuántos colores, brillos y qué feas son  las terrazas de los edificios. Cuando todo se quedó despejado fui planeando despacito  hasta el suelo y con precaución de que no me viera nadie aterricé en el parque al lado de mi casa. Ese día regresé a casa por primera vez sonriendo y le di un beso enorme  a mi madre.

Desde entonces muchas noches sueño que vuelo, me siento ligero y disfruto viendo montañas, ríos y valles verdes. Ya no le tengo miedo a David y Jose porque sé que tengo superpoderes. No los he vuelto a utilizar porque no me ha hecho falta, al día siguiente les miré y les dije que al próximo insulto les rompo las gafas de verdad y le cuento a la sosa de inglés y a Maribel toda la verdad.

Ahora va lo importante de esta carta, necesito encontrar más personas con superpoderes como yo,  así podemos montar un club. Si has encontrado esta carta en la botella y  tienes algún superpoder o sabes de alguien que lo tenga, por favor llama a este número 679005361 y pregunta por Mario. Es el número de mi madre, a mi no me dejan tener móvil, ella seguro que te hace un interrogatorio, pero lo importante es que no le digas nada ni de la carta, ni de la botella ni de los superpoderes, solo dile que eres un amigo del cole, este será también nuestro secreto.

martes, 17 de julio de 2018

Blanco

                               
                                                                     
      A Isabel Peláez Cáceres, por esos veranos de luz, amor y color.

Todos conocemos ese olor característico de los hospitales. ¿A que lo puedes oler ahora mismo? Ese olor a químico que parece que se te mete por la nariz y se te agarra en las entrañas, que te recuerda la fragilidad de la vida humana, lo fuerte y lo débiles que somos todos. ¿Quién no ha pasado de visita por esos pasillos blancos y se ha preguntado cuándo me tocará a mí? o ¿cuándo me tocará volver? Dicen que el olfato está directamente relacionado con la memoria, con las emociones y todos sabemos que es verdad, porque lo hemos vivido alguna vez. Yo misma me recuerdo yendo de perfumería en perfumería buscando esa fragancia que usaba aquel novio a quien tanto quise. Lo buscaba, lo olía y mientras aspiraba, mi cuerpo se sacudía recordando su presencia. Los olores no pasan por el cerebro, te conectan con las vísceras, con tu cuerpo y no hay manera de escabullirse.

Ahora me toca venir al hospital cada día, aparco el coche y entro en este edificio enorme y lleno de ventanas. Desde lejos, según me voy acercando parece una colmena de abejas, a veces veo personas asomadas y me pregunto si serán visitas, familiares o propios enfermos que se entretienen viendo la vida pasar. Enfermos que están angustiados o preocupados, o quizás otros, que simplemente quieren distraerse pues saben que su estancia será corta y un puro trámite. Luego están los enfermos que entran y ya no salen nunca más. Mi visita diaria encaja en este último grupo de enfermos, enfermos que sabes que ya sólo vivirán entre estas paredes, enfermos que esperan que se apague su vela y tú estás allí para acompañarles.

Como cada día entro en el edificio, reconozco el olor, se me tensa la barriga y me dirijo hacia las escaleras. Yo las prefiero porque no me gustan los ascensores, y menos los de hospital, no me fio de esas máquinas que parece que un día se van a volver locas, no te van a dejar salir y así te puedes pasar el resto de tu vida, yendo de una planta a otra. Para evitar riesgos innecesarios, voy andando, subo los tramos de escalera hasta la tercera planta, miro las máquinas expendedoras y a la gente sentada en los bancos charlando, esperando. El hospital es un sitio de espera, de esperas eternas y noches sin tregua, noches de silencios y gritos y timbres y pasos acelerados. Mientras voy pensando todo esto, llego a mi planta, tuerzo a la derecha y me encamino hacia el pasillo que me corresponde. Voy pasando por las puertas entre abiertas y vislumbrando  la gente en las diferentes habitaciones, algunos conversan animados, otros por el contrario están en silencio o viendo la tele. ¿Quién cuando camina por un pasillo de hospital no mira dentro de las habitaciones?

Llego a la habitación, la puerta está cerrada, pero no del todo, como casi todas. Noto la punzada de miedo, me detengo unos segundos para llenarme de aire y agarro la fuerza necesaria  para empujar esa puerta y enfrentarme a lo que hay detrás.
La habitación es toda blanca con algunos detalles en verde, me imagino que no quieren sobrecargar  este espacio donde la vida se vuelve tan intensa. En los hospitales se nos sobrecogen los sentidos de tanto sentir, de tanto olor, de tanto que ver, de tanto que oír, de tanto que tocar y besar.

Mi abuela está echada en la cama, tiene varios goteros puestos y lo más notable es el ruido que hace la máquina del oxígeno al respirar. Ella está dormida y tiene la cara relajada. Eso me tranquiliza a mí también. Cojo la silla y la coloco al lado de su cama, quiero que note mi presencia, que se sienta acompañada aunque esté dormida. Miro su rostro menudo, sonríe plácida aunque cada día está más pálida y ojerosa. Noto como su cuerpo se va deteriorando pero su alma sigue libre y juguetona, por eso sonríe, cada vez pasa más tiempo allá, que acá, su alma vive entre esta vida y la otra, en una transición progresiva y armoniosa. Le ha perdido el miedo a la muerte porque ya está en ello.

Miro su mano pequeña, tiene los huesos torcidos y de color grisáceo, está llena de moratones, se la cojo despacio y siento su calor todavía. Mi abuela siempre ha sido una mujer enérgica y vital. De joven le gustaba mucho ir al baile, como ella me contaba, aunque luego no bailaba mucho, la que mejor lo hacía de su familia era su hermana Antonia, que siempre fue la reina y tenía muchos pretendientes. A ella le sacaban poco porque no cogía bien los ritmos y no se sentía cómoda.  Ella era más bien cantarina y de reírse mucho, cantaba en cada ocasión familiar, no porque lo hiciera bien, sino para crear buen ambiente. De pequeña siempre la recuerdo con la zambomba y la pandereta, eran épocas en las que las navidades eran más celebraciones que compromisos. En estos últimos años hemos cantado mucho juntas, desde coplas hasta villancicos, cuando la comunicación se tornó compleja aprendimos a conectarnos a través de la alegría, la alegría de cantar, aunque sea María de la O.

-  Abuela, los momentos más felices de mi infancia los viví contigo, le digo suavemente. Muchas gracias por todo, te voy a recordar siempre.

Mi abuela ha sido pescadera, ha tenido suerte y ha podido trabajar. Mi abuelo tenía una empresa y un día hubo una baja laboral repentina, así que ella aprovechó y se ofreció a hacer la suplencia. Ese día vendió más pescado que nadie y a mi abuelo, visto el filón,  no le quedó otra que ponerle una pescadería para ella sola. Eso le cambió la vida, ya tenía acceso al cajón del dinero, del dinero que ella misma ganaba, pero entregaba cada final de  jornada.

Todos los años compraba una bucheta, como ella decía, la bucheta de las vacaciones, la rellenábamos durante el año y la rompíamos justo antes del verano. Pasábamos parte de las vacaciones con ella, en la casa de la playa que mi abuelo compró para disfrutar con sus nietos. ¡Y vaya si disfrutábamos! Aquello era lo más parecido a un paraíso infantil, recuerdo perfectamente aquella nevera llena de batidos de chocolate, fresa, vainilla, donuts, panteras rosas y tigretones. Aquel paraíso donde siempre teníamos permiso, sobre todo permiso para disfrutar y ser felices.

Miro la habitación y cada vez se va tornando más blanca, entra el sol por las rendijas y la estancia parece más iluminada, todo se va poniendo más blanco. Ya no noto el olor y siento el ambiente más ligero. Compruebo que mi abuela sigue con la media sonrisa aunque su labios están resecos. Me quedo en silencio mientras pienso si sus padres y sus dos hijos ya fallecidos estarán por aquí ayudando en esta dulce transición, si la estarán esperando al otro lado. Los budistas piensan que la gente se muere como vive. Mi abuela siempre ha sido una mujer valiente que ha vivido la vida como ha querido.

Desde el pasillo van llegando murmullos de voces conocidas, la puerta se abre y comienzan a entrar sus hijos y otros familiares, algunos con las caras tensas y casi todos con ojeras. Ya estamos todos, como a ella le gustaba, yo aprovecho un segundo entre unos y otros, le beso y le digo al oído:

- Abuela, yo quiero ser valiente como tú.

                                                                 

                                                          

lunes, 7 de mayo de 2018

Mis hijos no nacidos



El día de las madres es claramente un día necesario, precioso y lleno de reconocimiento y gratitud hacia el amor incondicional de una madre, un día en el que se celebra y reconoce esa labor infinita y amorosa sin la cual la vida simplemente no existiría, no hay nada más grande, si lo pensamos bien y más necesario de homenaje y gratitud. Ayer yo me sentía feliz por mi madre y mi hermana, que también ha sido madre recientemente, pero tenía algo dentro que me situaba en un plano muy vulnerable. Me sobrevino poco a poco, así sin darme mucha cuenta, yo no tengo hijos, y me siento bien con esa idea, es decir, me reconozco como mujer que puede tener una vida plena y creativa sin pasar por la maternidad. No he tenido hijos, pero he vivido dos abortos, ambos embarazos no fueron planificados, pero sí bien recibidos y ninguno de los dos pasó de la sexta semana, aunque en el primer caso no me enteré hasta la pasados los dos meses. En ambos casos me ha tocado elaborar un duelo, el duelo de lo que pudo ser y no fue, el duelo de romper con las expectativas, el duelo de sentirte embarazada y con las mismas dejar de estarlo. Yo no tengo problemas con no ser madre, pero todavía me sigue entristeciendo sentir que algo con vida dejó de tenerla dentro de mí. Ayer celebré el día de las madres pero algo en mi interior se puso de luto, mi cuerpo se puso blandito y vulnerable  y lo peor es que yo no me di ni cuenta. Ayer me pasé el día felicitando a otras madres y yo no me hice ni caso. Nadie lo hizo. Normal, al final no soy madre. No pertenezco a ese grupo. Y en realidad tampoco ansío serlo. Es raro todo. Mi cuerpo siente cosas que la mente no llega, al final el cuerpo es el más listo y me habla de reconocer a esas mujeres que sí han estado alguna vez embarazadas. ¿A ese grupo dónde le colocamos? ¿Dónde le damos el espacio que puedan necesitar? Yo quiero poder brindar por las madres y por esa parte de mí que fugazmente lo fue. Quiero brindar por los hijos que no tuve y por todos esos hijos no nacidos pero que se quedaron en alguna parte de nuestros cuerpos femeninos. Que nos habitaron y se fueron. Que nos enseñaron sobre la renuncia y la gracia de estar vivos y vivas. ¡Brindemos!

sábado, 3 de febrero de 2018

El monocromático



Tengo una pena dentro, está así como al fondo, detrás de la alegría, el aburrimiento y el desencanto. Las penas suelen ser así, pequeñitas pero matonas, al menos las mías. Yo soy más bien de la alegría, me honra con su presencia bastante a menudo y soy su fiel defensora además de su aduladora. Las penas las guardo un poco más adentro, su problema es que no les doy mucho protagonismo aunque tengan bastante peso. La alegría es ligera, suave, etérea, en cambio la pena es pesada y sólida. Para pasarla a estado gaseoso hay que rumiarla bastante. El precio de la pena es que si no la localizas, se va expandiendo por tus sentires así cual acuarela gris. Va tocando todos los colores, quitándoles brillo y resplandor. La pena se va comiendo la fuerza y puede llegar a destruir tu paleta. En un abrir y cerrar de ojos, has pasado a la tonalidad monocromática. Yo quiero vivir la vida a colores, cada día el que me toque. Desde el negro al amarillo, el rojo y el violeta. Hoy tendré que concentrarme en el negro para dejarlo salir, sin complejos, llorar lo que pudo ser y no fue. La vida está llena de posibilidades y e imposibles. La alegría va de celebraciones y la pena de ausencias, partidas y expectativas rotas. La pena también me conecta conmigo misma, con mis vulnerabilidades, con esa parte blandita y elástica de mí misma. Cuánto más siento mi pena más consistencia me doy y mas gaseoso el negro. La pena fiel amiga para cerrar puertas para siempre y darte fuerzas para abrir otras. La pena necesita de quietud y silencio, recogimiento y canal hacia dentro. Hay que estar concentrada para abrir el canal y que tus lágrimas vayan limpiando la zona y ablandando la masa. Hoy estoy con mi pena, que se va convirtiendo en penita. De negro charol va pasando a gris marengo. Hoy que tengo tiempo y tranquilidad la quiero sentir. Pudo ser y no fue. No nos queda otra. La vida es así. Hoy penita te pongo un altar. 

domingo, 12 de enero de 2014

De la angustia del amar y el amor



Estar conectada al amor es lo que necesito para luchar contra la angustia que me produce el mismo amar. No sé como explicarlo pero yo me entiendo. En la raíz de la angustia se encuentra el antídoto. Amar me produce en ocasiones mucha dicha y también desasosiego, estar profundamente vinculada a personas me fortalece y debilita al mismo tiempo, me fortalece porque me siento reconfortada, acompañaba, sentida y respetada... pero también me provoca cierta angustia interna. La dicha del amor me viene unida a un sentimiento pegajoso,  un dolor sordo y a veces desesperado. Esa es la palabra, desesperado. Quizás andaba desesperada desde hace mucho tiempo pero por alguna razón el amor ha hecho que el sentimiento se despliegue cual abanico incontrolado. El amor me ha conectado con la angustia propia del vivir y me ha dejado desnuda y sin salida. Se acabaron los juegos, la ensoñaciones, refugiarse en los anhelos, la expectativas, los sueños. Mis sueños se cumplieron y ya no me quedan refugios. Mejor no engañarse más, mejor mirar a la bestia a los ojos y quedarse quieta.

domingo, 26 de febrero de 2012

Caer

 La vida nos sostiene, solo hay que dejarse acunar. Permitir que nos lleve por su rumbo, sus camino, sus curvas y sus cuestas. Dejar que nos cuide y nos enseñe, nos mime y nos quiera.
Tan fácil y tan difícil, tan fácil porque no requiere esfuerzo sino todo lo contrario, abandono y confianza. Tan difícil porque queremos ser dioses y dirigir nuestro destino, dirigirlo desde el miedo, la ignorancia, la visión parcial, los caprichos, los ombligos y las carencias. Luchamos, peleamos y sufrimos al aferrarnos. Nos aferramos a eso que pensamos que nos salva, pero quizás tanta fuerza no sea necesaria. A veces nos da más miedo el vacío que la lucha, la lucha parece dar sentido a todo, luchamos contra nosotros y así no salimos del círculo ni avanzamos a ningún sitio.
La vida nos sostiene, sólo hay que dejarse mecer, cuidar y mimar. Tan fácil y tan difícil. En el vacío sólo estás tú, esperándote, con los brazos abiertos y el corazón lleno, dejemos de huir... dejémonos caer...

jueves, 5 de enero de 2012

Noche de Reyes

Cuando era pequeña me costaba coger el sueño en la noche de Reyes, era tanta la emoción y la ilusión y las ganas de que llegara la mañana siguiente que no podía dormir. De mayor me pasa un poco igual. A veces la ilusión, la emoción y la alegría me quitan el sueño. Es un poco rollo, porque a veces la falta de sueño ensombrece mis emociones, y la ilusión se tinta de ligera angustia. Se ve que mi estado más saludable es el neutro, ni triste, ni contenta, sino relajada y confiada. Puede que las emociónes a grandes dosis sean agresivas, independientemente de su naturaleza, agradables o desagradables.
Hoy es tarde de reyes, acabo de ver “El ilusionista” y me pregunto si todas estas ilusiones con las que hacemos dormir a los niñ@s no son más que falsedades e vías ilusorias de escape de una realidad que nos cuesta asumir. Y lo peor es que se lo enseñamos a hacer desde su más tierna infancia. Les contamos realidades mágicas que no existen y les sometemos a emociones falsas que apenas les duran una noche y vuelta a empezar. Yo a veces, cuando no me gusta lo que me está tocando vivir me elaboro una historia y me monto una película. Me invento unos reyes mágicos que vienen a traerme regalos y así me olvido de lo otro. Todo antes de sentir lo que me está doliendo, lo que me está desgastando, mejor me centro en la ilusión, en la incertidumbre, en lo desconocido, en la irrealidad y me evado.
Hoy es noche de reyes, una noche mágica, cargada de regalos e ilusión, de esperanza… disfrútenla, ya llegarán las vacas flacas…

sábado, 19 de noviembre de 2011

Fragilidad


Ella sentía que todo lo que deseaba en cualquier momento podía desaparecer. Esto le atormentaba, era como si a su alrededor sus deseos flotaran y cuando se acercaba a cogerlos, éstos como si en un videojuego se tratase, se iban desplazando, lenta pero sostenidamente. Ella no se sentía frágil, sabía quién era y la vida le había enseñado ya que casi todo era renunciable, pero ya estaba cansada de renunciar. Ahora quería pasar al siguiente estadio, quería ser capaz de ir hacia lo que quería y que esto permaneciera. Sin miedos ni dudas. Sin ansiedades ni desvelos. Es curioso como las cosas que no nos asustan están siempre fijas, y es nuestro propio miedo el que las convierte en flotantes.
Hubo un momento en su vida en el que todo flotaba, incluso ella misma, todo le daba vértigo y se pasaba el día vomitando. Mucho había llovido desde entonces y ya había aprendido a ir creando soportes, pero le quedaba la última parte, la más sensible, la más delicada y profunda. Adentrarse en su propia oscuridad y permanecer allí sin miedo. Hasta ahora siempre acababa por salir huyendo, el miedo la podía, confiar le asustaba e irónicamente renunciar se hacía más fácil que soportar otra pérdida. A veces los miedos son como los deseos, si son de verdad se acaban haciendo realidad. A veces los miedos y los deseos luchan por imponerse, se puede estar aterrorizado de lo que uno desea profundamente o desear tanto que el miedo te pueda. Lo más importante de los miedos es saber que están ahí, eso les va debilitando, les hace ir perdiendo poco a poco la fuerza.  Es posible que en la vida lo más frágil sean  los miedos y los deseos. Es posible que en la vida los deseos y los miedos sean la misma cosa. Lo que nos hace frágiles y vulnerables. Fragilidad, bonita palabra.

domingo, 2 de octubre de 2011

Sueños



A veces soñar nos cuesta… bueno quizás no sea exactamente eso…quizás a  veces nos da miedo ponerle nombre a nuestros sueños, asumir eso que deseamos y correr el riesgo de que nuestros sueños no se cumplan jamás. A veces reconocer nuestros sueños es reconocer nuestras frustraciones y preferimos anular los sueños para congelar lo demás. Reconocernos en nuestros deseos más íntimos es un acto de valientes  que lleva consigo cierta  cura de humildad. Yo tengo amigos humildes y valientes, amigos que me enseñan cada día de lo grande y lo sutil de la vida, que se comparten con generosidad y no tienen miedo a perderse. Luis Rojas es uno de esos, de esos valientes,  generosos y  llenos de amor. A él no le da miedo ponerle cara a uno de sus sueños y desde el corazón escribió este texto maravillo que yo me permito compartir con vosotros.
un sueño, una vida, más vidas, todo lo puede un sueño. Mi sueño es amar, construir un "te quiero" con un "te amo" acompañado de un "estamos enamorados", un sinfín de cariño, una apuesta de "vida", una sinfonía de convivencia, soñar no cuesta nada, eso dicen... yo creo que sí cuesta, que soñar implica "implicarse", vivir ese sueño, ser parte de él, desearlo y conseguirlo.
Luis, yo también comparto tu sueño, quizás por eso me tocó profundo. Sueño con permitirme de nuevo sentirme amada. Amada, cuidada y deseada. Sueño con entregarme al amor sin reservas, morir al amor, por amor y para el amor.


jueves, 18 de agosto de 2011

Me quiero follar todos mis miedos


Sí. Sí. Así tal cual. Ya sé que suena un poco rudo y malsonante, pero me da igual, de hecho lo voy a repetir para oírmelo otra vez, me quiero follar todos mis miedos. Estoy cansada de intentar echarlos, ponerlos fuera de mi y dejar que influencien mi vida. Si queréis lo puedo poner más fino… quiero que mis miedos me penetren. Sí, a lo mejor suena más razonable, pero en realidad no quiero eso… quiero que suavemente me vayan acariciando, mi miedo al vacío, mi miedo al desencanto, que me vayan quitando la ropa, mi miedo al rechazo,  mi miedo al abandono,  que me besen suavemente, que me vayan dando mordisquitos, seguir sintiendo,  excitarme, besarlos, morderlos, acariciarlos, mi miedo al error, al descontrol, mojarme, gemir,  sentir, moverme y  revolverme. Quizás así pueda abrirme a sentirlos  y aprender a quererlos, poco a poco, desde el cuerpo y hasta el final. Tenerlos dentro y si es posible cualquier día atravesarlos. Sí eso quiero, que me atraviesen y nos fundamos en un éxtasis mutuo. Yo y mis miedos. Todos uno. Pelillos a la mar. La vida es corta y los placeres muchos.
(De hecho el primer miedo que me voy a follar es el de publicar este texto).

domingo, 17 de julio de 2011

conmigo, contigo


Esto no es una reflexión, ni una narración ni un relato, esto es  una declaración de intenciones. Quiero estar conmigo y a la vez contigo.  Parece así contradictorio a priori, pero yo lo tengo clarísimo: sin mí me pierdo en tus rincones. Necesito estar acompañada de mi misma para seguir tus sendas, para no despistarme en tus  recovecos y repliegues, en tus contradicciones y vaivenes. De por sí, no perderme en los míos me parece un mundo, un mundo en el que transito hace años y todavía tiene  capacidad de sorprenderme. Si ya  recorrer mis mundos me deriva a parajes a veces poco familiares, comenzar a explorar los tuyos me resulta sobrecogedor. Por eso me necesito a mí misma. Yo misma, mi, me contigo, como decía Sabina. Puede parecer egocéntrico, sí lo admito. Demasiado ombligo para tan poca carne, pero si no,  corro el riesgo de perderme y me da miedo la soledad y la angustia de la pérdida. No me gustan los bosques solitarios en mitad de la noche, prefiero las playas luminosas y acompañadas. Tus caminos abren mis nuevas sendas, te exploro y me exploro al mismo tiempo. A veces procesar tanta exploración me cuesta y quiero detenerme, pero todos los caminos llegan a algún sitio, el tuyo claramente está por definir. Una vez abierta la brecha, ya no hay vuelta atrás, solo queda caminar hacia delante,  apechugando con tus paisajes y los míos. En realidad a mi me encanta viajar e ir de turisteo. Siempre me pongo nerviosa antes de iniciar un viaje, lo desconocido me atrae, me excita y me asusta. Igual que tú, mi viaje. Por eso no quiero ir sola, quiero ir conmigo. Tranquila para poder ir disfrutando de las curvas y las rectas, de las paradas y los adelantones. De los encuentros y desencuentros. De las subidas y las bajadas.
Esto no es una reflexión, ni una narración ni un relato. Esto es una declaración de intenciones. Quiero estar conmigo y a la vez contigo.

lunes, 4 de julio de 2011

Quiero más


En el fondo estamos aquí para eso, lo intuyo. Es lo mejor y lo peor de la vida, me hacen  sentir grande, inmensa, feliz, abierta, conectada, pero también me asustan, me empequeñecen, me limitan, me frustran y me coartan. Pero sin ellas, no sería nada, mi identidad sería débil, difusa y ambigua. Sin ellas, no me descubriría en mis mil facetas, en mis mil personalidades, que se van conformando según las circunstancias se van revelando. Cada una de ellas aporta algo diferente a mi vida, y va sacando lo mejor y lo peor que hay en mi.  Yo existo porque tú estás ahí. Mi identidad se refuerza en tu presencia, en tu mirada, en tu escucha. Tengo necesidad de fundirme en tu experiencia para engordar la mía, tu serenidad, tu inquietud, tu alegría y tristeza van conformando mi mapa de emociones y mezclando los territorios. Quiero ser invadida, mezclada y contaminada. Quiero abrirme, replegarme, cerrarme y absorber. No me imagino la vida sin ellas, quiero más y mejores, quiero relaciones, personas y vivencias a mi lado. No quiero tener miedo a sufrir.

domingo, 22 de mayo de 2011

Trilogía del amor III : Love & Surrender


Hoy he entendido que para amarse hay que darse por vencido, dejar de luchar contra los elementos y  centrarse en el amor: el amor al final es lo único que nos salva y en la renuncia al resto está la salida. Amarse contra viento y marea,  amarse con mimo, entrega y generosidad. El amor nos conecta, nos ennoblece y nos protege. Un amor sólido y estable no tiene rendijas, te envuelve y te cuida,  te sirve de escudo y  lanza redes para conectarse con otros. El amor como el agua, potente y flexible, busca otras aguas a las que unirse y así ir  cubriéndolo todo. El amor busca de sí mismo para nutrirse, nos busca a nosotros para nutrirnos, pero a veces nos empeñamos en no abandonarnos a su poder. El camino es simple, pero lo vemos complicado. Tratamos de amar a los demás pensando que ellos a su vez nos devolverán este amor. Luchamos por ser seres “amables” o “amados” y en realidad estamos buscando fuera lo que debe de salir de dentro.  Renunciar al amor-aceptación del otro por establecer el mío propio. Eso da vértigo. Dejarte caer para encontrar tus propias alas. Rendirte para quererte. Quererte para querer, no querer para que te quieran. Permitir que el amor te atraviese y caer rendido a sus pies.

domingo, 13 de marzo de 2011

Trilogía del amor II: Hoy no me quiero bien a mí misma

 (atista Ann La Mouton)

  
Hoy no me quiero bien a mí misma porque busco que otr@s me quieran más que yo.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me disciplino para ser y actuar como yo imagino que los otr@s quieren que yo sea.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque no me respeto lo suficiente para permitirme ser yo en todos mis rincones, esquinas y recovecos.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me cuesta ser sincera.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me da miedo quedarme sola.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me cuesta acogerme generosamente.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque no me siento plena y conectada.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque tengo miedo de tirar a ver donde me lleva no quererme.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me regaño, castigo y auto-exijo con poca compasión.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque estoy dispuesta a hacerme sufrir en vez de aceptar la realidad tal como es, sin intentar controlar ni manipular.
Hoy no me quiero bien a mí misma porque me pongo barreras y trampas.
Hoy no me quiero bien a mí misma pero quizás aceptar mi falta de amor sea el primer paso que hace falta dar.


viernes, 18 de febrero de 2011

Trilogía del Amor I : Amarse


Ella se levantaba todas las mañanas con ganas de verle, sentir su olor y compartirse. Ese era precisamente su momento favorito del día, no había nada que le gustara más…bueno, alguna otra cosa sí.  Por la mañana se sentía inspirada y con energía, le gustaba provocarlo,  llevarle hacia el límite y jugar al ratón y al gato. Esto le daba marcha, ocupaba sus  vacíos y le hacía sentirse junto a él. A veces cuando hablaban, ella le miraba y  sentía como sus cuerpos estaban conectados. Era como si algo ultraespacial les uniera y ese momento, ese lugar, esa apariencia eran un mero escenario de algo mucho mayor, de dos almas unidas por un cordón infranqueable e infinito. Ella imaginaba ese cordón plateado, que en realidad nadie  podía ver, pero ellos lo sentían. Igual que sentían el deseo, un deseo inmortal e inagotable. Desearse era amarse y cuanto más se deseaban más se amaban y cuanto más se amaban más se querían. Haciendo el amor sentían más amor pero ese amor también le hacía infeliz.
Él la amaba, la adoraba y la odiaba al mismo tiempo. Se sentía pequeño, confuso y anulado al lado de ese amor que no le dejaba espacio. Siempre se había sentido incompleto, pero su presencia le acentuaba esa sensación, sacaba a la luz sus conflictos, sus carencias y sus miedos. Él temía que ella se lo comiera y  ella temía entregarse, fundirse y perderse.
Ella pensó que podía, pero tampoco pudo. Tanto amor y tanto miedo no pueden convivir. Hay que estar preparado para vivir un amor así, y ellos no lo estaban. Les quedaba mucho camino que recorrer y este amor les colocó desnudos en el punto de partida.

sábado, 29 de enero de 2011

Cambio de piel

 

Las serpientes cambian la piel periódicamente, lo hacen de manera natural para ajustarse a sus cambios de tamaño. Esto les aporta mucha salud, les quitan rozaduras, picaduras, les elimina los parásitos y sus células se regeneran dando paso a una nueva piel. Pensar en este proceso me reconforta.... me da fuerza ver ese poder de la naturaleza, esa capacidad de la vida de regenerarse a si misma y volver a empezar. La vida te erosiona y a la vez te libera. Sólo hay que confiar que ese cambio se va a producir, que la vida seguirá su curso de manera natural y la pulsión tendrá lugar.
El problema es que muchas veces no aguanto la erosión, no quiero rozarme, ensuciarme, que me muerdan, ni me piquen. Hemos perdido esa conexión con la naturaleza y con la vida que nos da la certeza de que la regeneración existe. Tenemos miedo de quedarnos ahí, en nuestra fragilidad, en las rozaduras... que nuestra piel ajada se exponga y no podamos aguantar el tirón. Ya no hay confianza. Nadie quiere sentirse con la piel roida, abrasada, maltrecha y deformada... deformada sólo de vida, de contacto, de intercambio, de pasión y sentimiento. No, eso no, preferimos comprarnos un traje anti-abrasiones y pensar que somos poderosos... poderosos de pacotilla, diría yo.. Nos contamos historias, nos inventamos trabajos, objetivos, sueños que nos alejan de ese malestar interno. De esa fragilidad que nos da "el no confiar", el no ser capaz de llegar al límite para la regeneración, para el cambio, para el crecimiento. Sin vida no hay cambio, sin cambio no hay vida. A veces estamos demasiado asustados para vivir y regenerarnos.
Quiero ser una serpiente, quiero ser capaz de abrasarme, fundirme con la vida y así permitir mi cambio de piel. Lo necesito, lo necesitamos.

sábado, 6 de noviembre de 2010

La lucha II

Y tengo el estómago encogido y la espalda tensa. Mi universo gira y gira y no sé donde sujetarme y parar esta rueda de la que no me puedo bajar. Y necesito descansar, darme cuenta que todo está bien, o no, o darme cuenta que todo está mal pero me da igual. La vida es incontrolable y cuanto más abro los brazos para sujetarla más se revuelve, se escabulle y más lecciones me da sobre la humildad. La vida es más grande, más sabia y seguro que más justa de lo que cada individuo nos creemos ser  y así nos va, con estos aires de grandeza. Mi  poder mínimo que quiere poder con todo, que quiere controlarlo todo y que todo sea a mi antojo. Caprichos de niña tonta que te van comiendo por dentro, controlar lo de fuera para sedar lo de dentro. Y la vida vuelve a sonreirte irónicamente, a recordarte que ella es más fuerte y que ese no es el camino. El camino se recorre por dentro y no hacia fuera, el de fuera en realidad es inútil, por mucho que nos empeñemos, engañemos y persistamos.La vida es grande, sabia y justa y a nosotr@s sólo nos queda rendirnos.

martes, 12 de octubre de 2010

La lucha



Y sus mañanas siempre amanecían grises, envueltas en calorcito caliente pero triste, mañanas de encuentro y soledad, de intimidad y anhelos. Uno de sus profundos anhelos era dejar de anhelar, dejar de esperar, y a la vez esperar era la única salida. Dejar de esperar era renunciar y él había sido entrenado para luchar. Quizás en este caso no era la salida sino la entrada, la lucha significaba la falta de paz y la paz andaba a la vuelta de la esquina. Era cuestión de soltar, de dejarse caer, de sucumbir a lo que sentía, pero no podía. Aquello que sentía era demasiado para él, dejarse hacer era traicionar su estabilidad y en realidad la paz le asustaba más que la guerra. En la guerra siempre estaba preparado para defenderse, atacar si era necesario, pero en la paz no había razones para las armas, las corazas ni las barreras. En la paz no había donde esconderse, donde ocultar sus pesares, la paz se le antojaba demasiado dolorosa para ser una opción saludable. Dejar de luchar era su sueño y para alcanzarlo luchaba sin cesar.